Matías Manna On jueves, enero 25, 2007



Arteta, Gerard, Iniesta, Iván de la Peña, Xavi y Riquelme, como cabeza de una larga lista de aspirantes a centrocampistas del Barça, presagiaban un mal final para la renovación de Josep Guardiola, renovación en el inmediato pasado necesaria porque signigicaba un respiro para Nuñez recién despedido Cruyff, pero que ahora dependía de algo tan sutil como el imaginario de la catalanidad del club.

Sin Guardiola, de momento, era como si una bebida catalana tan carismática como Aromas de Montserrat dejara de ser de Montserrat o perdiera los aromas, una catástrofe equivalente a la de hacer una tortilla de patatas sin huevos o a una canción de Quintero, León y Quiroga sin Rafael de León. Convertido en una institución, Guardiola había asumido muy inteligentemente su papel de emblema de la catalanidad del equipo en tiempos de excesos de comunitarios y extranjerías.

El nuñismo estaba dividido ante un jugador demasiado potente para tenerle miedo a la directiva. Guardiola pagó un elevado precio por esta relación de dependencia, porque salieron de paniaguados de la directiva campañas de desprestigio e incluso rumores sobre su vida privada, sin otra base que haber actuado ocasionalmente como modelo de moda masculina o como recitador público de poemas de Martí i Pol. Defendido a ultranza por el barcelonismo más profundo y por Santiago Segurola, el profeta guardiolesco de El País, las calumnias de los paniaguados no consiguieron erosionarle, y ahí está Guardiola, reciente padre de familia en condiciones de iniciar una nueva vida deportiva lejos de la madriguera y un tanto aliviado de la obligación de asumir tanta representatividad. Sólo las montañas sagradas no se cansan de ser sagradas.

El futbolista no ha querido decir a qué club extranjero se va y ha agradecido el trato recibido por presidentes, directivos y entrenadores en un ejercicio de cerebros que se corresponde con su papel de portavoz equilibrado o inteligente que guarda para sus adentros y sus íntimos lo que realmente piensa de presidentes, directivos y entrenadores. Hace pocos días se especulaba sobre la necesidad de que Guardiola renovara el contrato para cumplir con su papel de futbolista de excepción y además de líder de un vestuario babélico.

Los barcelonistas no sólo han de empezar a decir adiós a Guardiola, sino también a la vieja promesa de que el Camp Nou había nacido para llamarse Joan Gamper, promesa aplazada bajo el franquismo porque Gamper era de origen suizo, protestante, enemigo de la dictadura de Primo de Rivera y suicida, y luego nuevamente aplazada bajo el nuñismo, supongo que por los mismos motivos y porque los pelotas de Nuñez aspiraban a que el estadio algún día llevara su nombre.

Costará llenar el vacío de Guardiola, habida cuenta del retraso con que la ingeniería genética se mueve en relación con el mercado, y muy especialmente en el futbolístico. El Barcelona necesita un futbolista superclase catalán, telegénico, con don de palabras y de gentes, capaz de recitar poemas nacionales y de tener el sentido del humor necesario para ser portavoz de una olla de grillos.

One Response so far.

  1. Artículo publicado por Juan Villoro el 28 de octbre de 2003. "La muerte de un hincha" analizando la pérdida de Manuel Vázquez Montalbán.


    Las inconcebibles Obras Completas de Manuel Vázquez Montalbán podrían pertenecer a veinte escritores prolíficos. Le gustaban los géneros trabajados por tradiciones populares (el periodismo político, el recetario de cocina, la novela negra), pero hubo uno que durante años ejerció sin mucha compañía en España, el de escritor de temas de fútbol. Gracias a su imparable pluma, el Barcelona es "más que un equipo". Evocador de leyendas (Kubala), héroes locales (Migueli) y un dios verdadero (Cruyff), el cronista de sangre azulgrana puso lo suyo para mitificar fechas y lugares, indagó la psicología del victimismo catalán y denunció a la elite de constructores de la que salen los peores directivos del Barça.

    A medio camino entre el analista y el ideólogo de las canchas, opinó en torrente, como una agencia de prensa que por casualidad constaba de una sola persona. No es exagerado decir que un jugador como Guardiola sólo se explica por la intuición de Cruyff y el sentido del gusto de Vázquez Montalbán. Ni muy fuerte ni muy rápido, rara vez habilidoso, el número 4 del Barça fue un intelectual en la hierba; sus pases en diagonal crearon un sistema de enlaces y desplazamientos irrepetible en otro club. Valdano lo describió como "el único entrenador con la pelota en los pies". No era un crack evidente; había que descubrirlo. Cruyff convirtió las peculiaridades de Guardiola en un estilo. Desde años antes, Vázquez Montalbán exigía atrevimientos de ese tipo que reventaran la costumbre.


    Manuel Vázquez Montalbán sabía que en la vida se puede cambiar de pareja, vocación, ideología, orientación sexual o religión, pero no de equipo de fútbol.


    El 17 de octubre el Camp Nou guardó un minuto de silencio en memoria de su máximo cronista. Socio de número del Barça, Vázquez Montalbán sabía que en la vida se puede cambiar de pareja, vocación, ideología, orientación sexual o religión, pero no de equipo de fútbol. Esa es la última reserva de la intransigencia emocional. De manera lógica, el integrista de la pasión volaba de Australia a Barcelona para asistir al juego contra el Dépor.

    Al investigar la biografía de Franco, Vázquez Montalbán descubrió una rareza futbolística de estado. El Caudillo profesaba una mecánica fe madridista, aparecía a veces en el palco y toleraba que el crack Samitier le dijera: "Hay que bajar esa tripa, general". Pero, dictador al fin, detestaba los empates. En una madrugada de delirio concibió la siguiente idea: los partidos empatados deberían resolverse con tiros de esquina. ¿Hay mejor metáfora del encierro y la tortura que dos equipos condenados a desempatar con corners?

    Los restos de Manuel Vázquez Montalbán fueron trasladados en la sección de carga de un avión. Seguramente a este gastrónomo ejemplar no le hubiera molestado que su cadáver llevara la etiqueta que acompañó a Chéjov en su último viaje en tren: "Ostras frescas".

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