Matías Manna On martes, enero 31, 2006

Sus 35 años, sus dos años en Qatar, sus cuatro meses sin fútbol. Dudas y más dudas sobre la contratación de Pep en México, todos prejuicios ante su llegada a Dorados. Juanma Lillo, como quien busca en el océano tesoros perdidos, convence a Guardiola para que siga en actividad y lo lleva a su equipo. Pep ya era un tesoro casi perdido, había desechado ofertas del Manchester City y del Wigan de la Premier League para comenzar con el curso de entrenador en España. El fútbol perdía un gran talento, a un símbolo de una manera de entender el juego.

Sólo han pasado dos fechas de la liga mexicana y los resultados ya dan para hablar. Pep sigue siendo el mismo, el mediocentro con mejor interpretación del juego en el planeta. En el primer cotejo, en el Azteca, la altura le jugó una mala pasada pero no le impidió anunciar lo que vendría en su segundo encuentro: convertirse en el líder del equipo. Contra Tigres se vió al Guardiola de todo la vida. Como la estatua del héroe de la ciudad que vigila dominante desde el centro de la plaza, como el reloj altivo e imprescindible de la estación de tren, como el guardia de tráfico que le pone orden y calma a la caótica circulación, (otra vez gracias Valdano), dirigió al equipo hacia adelante imponiéndole la búsqueda permanente del empate. Aunque el Lillo se queda tranquilo: Pep no es un ex-futbolista. Cuando culminó el encuentro le preguntaron al "buceador" Juan Manuel sobre la actuación del "8" de su equipo y sentenció: "Vaya recital".

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